• 15Sep

    Las ocasiones en que nuestros hijos se equivocan y, debido a las consecuencias naturales, son conscientes de ello, constituyen herramientas utilísimas para la educación de la conciencia. Pero con frecuencia arruinamos su efecto torpemente. Para justificar esta afirmación sólo hay que pensar en la cantidad de veces que recriminamos a los niños cuando sufren las consecuencias de un acto realizado inadecuadamente. Nuestra respuesta en muchas ocasiones encaja con las siguientes expresiones: “Eso te pasa por no hacerme caso” “Si ya te lo he dicho yo muchas veces”; o abrumamos con explicaciones que ya conocen y no dejamos recapacitar por su propia iniciativa.

    El resultado de este tipo de actuación es que los niños necesitan de una reprimenda para darse cuenta de que están haciendo algo equívoco. Dificultamos el proceso natural de aprendizaje moral cohercionando su conciencia, pues no la dejamos madurar lo suficiente como para que se active de manera autónoma. El efecto a largo plazo de no saber escuchar la propia conciencia es que no estarán entrenados en la reacción espontánea de rechazo del mal, todo lo contrario, necesitarán de un apoyo externo que les recuerde lo incorrecto, o se acostumbrarán a necesitar las consecuencias extras que añadimos los adultos, de tal manera que las naturales les podrán llegar a parecer insignificantes.

    ¿Por qué no probar a observar la reacción del niño sin nosotros castigar o reprender? ¿Por qué no escuchar los comentarios que pueda llegar a decir el niño en respuesta a lo que le ha ocurrido? ¿Por qué no dejar que su conciencia responda y le de la lección correspondiente sin necesitar de nuestra ayuda? A los niños les llegará el momento en que no nos tendrán alrededor para explicarles lo que está bien o mal, tendrán que sentirlo por sí mismos y tendrán que escoger por su propia iniciativa el bien. Dejemos que se desarrolle esa sensación de error y de malestar por haberse equivocado.

    Cristina Gómez García de Paredes

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  • 02Apr

    En educación siempre pensamos que uno está por encima de otro que está aprendiendo. Y es cierto. Sin embargo este pensamiento hay que considerarlo con extremo cuidado. En la medida en que nos pensemos que el educador está siempre en lo cierto, que siempre tiene el derecho a corregir y que el educando debe seguir fielmente las instrucciones sin dudar ni un segundo, estamos cortando la libertad de la persona. ¿Por qué? La actuación de la persona se apoya en el deseo de hacer las cosas bien, pero aceptando quién es el sujeto de la acción: la persona. Y la persona por naturaleza tiene defectos, por lo tanto, si esperamos la perfección inmediata del educando no estamos respetando la naturaleza de su persona, tampoco respetamos su ritmo de crecimiento, ni su adecuación al deseo de seguir el bien. Nos adelantamos de tal manera que asfixiamos la capacidad de elegir libremente del educando, convirtiéndolo en autómata de acciones sin un sentido global e integrador.

    Esto que puede parecer muy teórico es el apoyo de numerosas dudas de padres que necesitan saber cómo sacar el mejor partido a la educación de sus hijos. Por ejemplo, cómo conseguir que los niños hagan los deberes por su propia iniciativa, o cómo hacer para que sean ordenados, o cómo conseguir que se involucren en las tareas del hogar.

    Si entrelazásemos la exigencia con la libertad saldría un cocktel perfecto en el que el niño capta la importancia de cumplir con sus obligaciones pero a la vez le damos tiempo y permiso para que razone e integre en su comportamiento el porqué de lo que debe hacer. Es decir, la autoridad se junta con el respeto y así guiamos al educando de una manera ordenada y llena de sentido.

    Consejos prácticos:

    1. No pasar por alto alguna obligación del niño, que consideremos importante, por pereza. Así transmitiríamos que hay excepciones a la norma, y esas excepciones el niño las puede interpretar después a su manera.

    2. Dar una instrucción firmemente, sin dudar ni un momento que se va a llevar a cabo lo que exigimos, y sin miedo a la reacción que pueda tener el niño.

    3. Razonar el porqué de lo que estamos pidiendo y dejarle tiempo para que lo asimile. Si empezamos desde que son pequeños nos daremos cuenta que a la siguiente vez lo hará dando el mismo razonamiento.

    4. Permitir flexibilidad en la forma de llevar a cabo la exigencia. Las cosas no tienen que ser siempre como nosotros las haríamos. Respetando un margen de personalidad propia y de nivel evolutivo fomentaremos un deseo de mejorar innato a la persona.

    5. Una vez que se ha alcanzado una responsabilidad nueva, dejar que siempre la lleve a cabo de manera autónoma. Si un día pedimos una cosa, pero al día siguiente no le dejamos realizarla por prisa o comodidad, le transmitimos de nuevo una excepción a la norma que él también podrá aplicar cuando le apetezca.

    8. Dejar siempre abierta la puerta de la comunicación, de manera que el niño pueda expresar sus sentimientos y opiniones, independientemente de que estos estén de acuerdo con los nuestros. Debemos respetar y escuchar lo que piensa y siente.

    9. Pensar cómo nos gustaría que nos exigieran a nosotros mismos y actuar de la misma manera. No por ser niños tienen que ser tratados con menos respeto.

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  • 15Dec

    He leído este artículo de José María Lahoz que recomiendo porque son detalles de la vida diaria a los que no solemos prestar atención, y sin embargo son un punto a considerar sobre qué tipo de relación estamos estableciendo con nuestros hijos.

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